jueves, 29 de septiembre de 2011
sábado, 24 de septiembre de 2011
por Blanca Elena Pantin
jueves, 15 de septiembre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
En tono mayor
Publicado por la revista etc., pág.61. | Lima, 30 de junio 2001
Con el rigor, la sobriedad y la consistencia propia de los buenos poetas, Juan Carlos Lázaro acaba de publicar La casa y la hojarasca, apreciable colección de veinticinco poemas confeccionados con buena música e imágenes sólidas, con los que consigue no sólo echar luz sobre aspectos de la condición humana invisibles desde la miopía del devenir cotidiano, sino también redondear un registro lírico sumamente personal.
Lázaro, que pertenece a la generación del 70 y ejerce el periodismo desde esa misma década, no es un poeta tan prolífico. Antes de este libro publicó la plaqueta Las palabras (1977) y muchos años después el poemario Gris amanece la urbe del hambre (1987).
Sin embargo, lo que le falta en cantidad le sobra en calidad. Su tercera entrega está compuesta por textos muy bien estructurados, de gran atractivo, escritos con lenguaje cotidiano y despojados de adornos. La materia de esos textos son situaciones externas a él, que aparentemente no le conciernen, sobre las cuales, sin embargo, arroja una mirada quieta y distante de la que surge –gracias a la magia del ritmo y las palabras- un universo de sentidos y sinsentidos esenciales.
Lázaro no se inventa un interlocutor –un tú- para abordar sus temas, sino que se apoya sobre todo en la tercera persona, con lo que logra un apropiado y convincente efecto de distanciamiento. Se basa en referencias al exterior pero, a diferencia de la mayoría de sus coetáneos de los años 70, en los que esas referencias se convierten en discurso narrativo, en sus textos son apenas el punto de partida para arribar a un discurso conceptual que delata sabiduría y brillo, así como un excelente oído.
La casa poética
de Juan Carlos Lázaro
Publicado por el diario La Razón, pág. 18 | Lima jueves 28 de marzo 2002.
Sin lugar a dudas se trata de un poeta con cierto recorrido. Así lo demuestra este bien afiatado poemario, donde confirma sus dotes poéticas. Con La casa y la hojarasca Juan Carlos Lázaro indaga en el sentido de la existencia y en el sentido de los actos humanos, como bien apunta Francisco Tumi en el prólogo. Los poemas que conforman este libro se caracterizan por un tono existencialista que encuentra su sustento cotidiano en lo aparentemente intrascendente. Enmarcados, como lo señala el título del poemario, en una casa, en el refugio de un ser que se sabe distinto. Podemos citar, por ejemplo, el poema “El color de los girasoles”: Iba a decir algo / antes de untar el pan con mantequilla / y entibiar mi alma con un poco de café. En “Las persianas” se percibe cierta esperanza a pesar de lo sombrío del mundo: La luz que traspasa / las persianas / me anuncia / que aún estoy vivo, que aún respiro / que aún sueño / que aún puedo / amar a una mujer.
Esto demuestra que estamos frente a un poeta maduro, que ha sabido transitar los caminos líricos y que ha logrado crear un universo poético sólido. Con un coloquialismo no exento de cierta musicalidad, La casa y la hojarasca no decae, salvo en un par de textos a los que no hay mucho que reprochar, pero que no siguen el mismo ritmo intenso de los demás.
El éxito de este libro (que inexplicablemente no ha sido comentado ni para bien ni para mal) se debe, quizá, a la calma con que Lázaro asume su papel de poeta.
El tiempo ha sabido consolidar estos poemas que merecen la pena ser leídos. Parafraseando al autor, qué más puedo decir / si ya todo está dicho.
Ésta no es mi sombra
Ésta no es mi sombra
ésta no es mi casa
no es mía la chaqueta que flamea
en la percha al lado de la ventana
no son mías estas sábanas
ésta no es mi sombra repito
no reconozco esta habitación
ni las otras sombras que cruzan
las otras habitaciones y llegan
hasta el patio y su enramada
aquí hay una equivocación
ésta no es mi cama
éstas no son mis ropas
la mujer que duerme a mi lado
no es mi esposa
ni es mía la lámpara
el error llega hasta mis pies y mi vientre
hasta mi corazón y mi páncreas
alguien ha cosido mi piel a otra vida
y ha puesto mi voz en otra garganta
reconozco las estrellas
las ciudades extranjeras
las islas de ultramar
las antiguas comarcas
pero no me reconozco a mí mismo
en esta estancia
mis manos perdieron su forma
mi sexo es un animal escarlata
aquí hay una equivocación
ésta no es mi sombra
ésta no es mi casa.
La casa y la hojarasca
La hojarasca y el agua detenida
son todo lo vivo y lo real
de este patio y de esta casa.
El resto son fantasmas.
Que lo diga sino el centinela rojo
que dormita en el torreón de la esquina
y que sueña con la próxima batalla.
La sombra del general
se mueve tras las persianas.
Con él van su kepí, sus charreteras,
su sable, sus botas, su capa.
En su recámara crepuscular
a la luz de una vela escribe
con mano trémula: “A la patria…”
El caballo blanco relincha,
agita su cola en el aire
espantando a una mosca lunática.
Una criada vestida de luto, pálida,
prepara la mesa para la cena
a la que solo acuden
entre candelabros dorados
el pasado, el polvo, la nada.
El resto son fantasmas.
Sigo a una estrella errante
1.
Sigo a una estrella errante.
No cesaré hasta alcanzarla.
Acaricio las espigas del maíz
y siento aún entre mis dedos el sexo húmedo de mi hermana.
Era la más bella e intensa de la aldea,
pero como no llegaban las lluvias
la ofrendaron al fuego.
2.
A la luz de la luna escalaré la pirámide,
insólita piedra en la que mis padres tallaron mi alma.
Escucho sus latidos y sus gritos.
Tu nombre es esa oda a los pájaros nocturnos
que nos vieron desnudos bajo los árboles
mientras me ofrecías tu sexo
y una manzana.
3.
En esta caverna de Pachacamac,
cerca del Gran Templo,
me resguardo de la espuma del mar y del frío.
Esta oscuridad debe ser la última sombra.
Una caracola me da las noticias del mundo.
Mañana empezará la primavera y, como todos los frutos,
tu sexo también se abrirá a mi deseo.
(De La casa y la hojarasca. Lima, 2001)
lunes, 12 de septiembre de 2011
Rosina Valcárcel y la poesía escrita por mujeres en el Perú*
lunes, 5 de septiembre de 2011
La calle del farolito rojo que anunciaba la presencia de los chifas es hoy el corazón de uno de los más grandes y dinámicos conglomerados comerciales de Lima.
No hay estadísticas que registren con precisión su movimiento comercial, pero algo que sorprende al visitante que recorre hoy la exótica pero también limeñísima calle Capón, en la cuadra siete del jirón Ucayali, es la concentración de casi todos los bancos que operan en Lima. Ahí están, en fila, los locales de los bancos de Crédito, Continental, Scotiabank, Interamericano de Finanzas, Financiero, Interbank, etc. Cada uno de ellos luce su logotipo acompañado de vistosos ideogramas chinos. ¿A qué se debe esta concentración de instituciones financieras en una sola calle? No es necesario recurrir a ningún oráculo para conocer la respuesta.
La calle Capón sigue siendo el corazón del Barrio Chino de Lima, su ámbito original y más tradicional, pero la intensidad del crecimiento de sus negocios, empezando por el culinario, ha extendido su influencia a las calles adyacentes desde su remodelación en 1999. Actualmente los linderos del Barrio Chino van desde la avenida Grau hasta el jirón Amazonas, y desde la avenida Abancay hasta el jirón Paruro. Es uno de los más grandes e intensos conglomerados comerciales de la capital, tal como lo reconocen Promperú, la Municipalidad de Lima y los gremios de empresarios. Se calcula que diariamente la zona es visitada por unas 30.000 personas. Si no hay estadísticas ni cifras precisas es tal vez porque aquí todo está en expansión y en movimiento.
Los restaurantes chinos, llamados “chifas” en Lima, constituyen el negocio por excelencia del Barrio Chino. Son su identidad y su carta de presentación. Hay aproximadamente medio centenar. Los más prestigiosos son el San Joy Lao, el Wa Lok, el Salón Capón, el Salón China, el Salón de la Felicidad, el Sun Yen, el Men Yu, el Ton Qui Sen, el Tong Po, etc. El negocio culinario es el más intenso y el que convoca la mayor cantidad de público. No todos están en la calle Capón, pero la circundan. Pocos saben, o sólo lo saben los iniciados, que en la misma calle Capón hay un mercadillo especializado en la venta de verduras chinas.
Pero en el Barrio Chino también se concentra la mayor cantidad de negocios de venta al por mayor de útiles escolares y de oficina, entre los que destaca el Tay Loy y en torno al cual funcionan y florecen muchos negocios minoristas de la misma rama. La venta al por mayor de zapatos también es impresionante en esta zona. Y los casinos o casas de juego están repletos de clientes que pasan de una a otra.
La venta de piñatas, que florece en diferentes distritos de la ciudad, tiene en el Barrio Chino su feria más nutrida y extendida, abarcando varias cuadras. Lo mismo puede decirse del negocio de la importación de globos, que va paralelo al de las piñatas. También prosperan las ventas de perfumería, de juguetes, de ropa para damas, de lencería, de mercería, de CD, de DVD y de instrumentos musicales. Los talleres de técnicos de artefactos domésticos tienen su bastión en el jirón Paruro y la venta de esos artefactos se concentra en el jirón Andahuaylas.
Barrio de chifas
Para los viejos limeños, el Barrio Chino no era más que la calle Capón: aquella cuadra del jirón Ucayali limitada por los jirones Billinghurst y Paruro, en los Barrios Altos, al lado del Mercado Central. Se dice que ahí se desarrolló exponencialmente el criollismo. Se le llamaba Capón porque tiempo antes en esa calle funcionaban unos camales donde se capaban a los cerdos. Después aparecieron en ella los chifas que solían anunciarse con un farolito rojo que llevaba como diseño la imagen dorada de un dragón. Se distinguieron porque de sus fogones salían comidas típicas de las provincias de Guangdong (Cantón) y Sichuán.
En los años 50 del siglo XX a la calle Capón se le identificó como el Barrio Chino. Su identidad la aportaban los chifas, sobre todo el esplendoroso y exquisito San Joy Lao, con orquesta, y punto de reunión no sólo de sibaritas y familias acomodadas, sino también de lo mejor de la intelectualidad sanmarquina de esos años. Al San Joy Lao recalaban en mancha los narradores Julio Ramón Ribeyro, José Antonio Bravo, Eleodoro Vargas Vicuña; los poetas Alejandro Romualdo, Francisco Bendezú, Wáshington Delgado, así como los profesores Jorge Puccinelli y Li Carrillo. La China ancestral revivía en esta parte de la ciudad, no sólo por los chifas, sino también por sus templos religiosos: el de la sociedad Cu Con Chau, el de la sociedad Pun Yi y el de la sociedad Tong Sing, el más antiguo de América, donde se le rinde culto a Kuan Kung, deidad protectora de los negocios, la riqueza y las artes marciales.
En 1971, a la entrada de la calle Capón, o sea en la esquina de los jirones Ucayali y Billinghurst, se erigió un hermoso portal de arquitectura y diseño chinos, de ocho metros de altura y 13 metros de ancho. En la cúspide del arco unos ideogramas chinos transcriben un pensamiento que algunos atribuyen a Confucio: “Todos somos iguales bajo el mismo cielo”. El portal fue donado por el gobierno de Taiwán. Cuando se construyó e inauguró, el alcalde de Lima era Eduardo Dibós.
Si bien con este portal se quiso aportar cierto esplendor al Barrio Chino, aún limitado a una sola calle, pronto el crecimiento caótico de Lima inundó de vendedores ambulantes y negociantes informales su centro histórico. La calle Capón, por su proximidad, no escapó de esta dinámica y le correspondió la peor parte de ese proceso, convirtiéndose en un lugar sucio y peligroso, plagado de comedores callejeros, con fogones al aire libre, y donde los restos de comida se arrojaban en pistas y veredas.
No fue sino hasta 1999 cuando se inició la recuperación y el relanzamiento del Barrio Chino. Al frente de esta empresa estuvo el alcalde de Lima, Alberto Andrade, quien secundado por los directivos de la Asociación Peruano China, emprendió la remodelación de la calle Capón. Había un motivo muy especial: la conmemoración de los 150 años de la inmigración china al Perú. La remodelación consistió fundamentalmente en la formalización de los negocios que funcionaban en esa calle, el retiro de los vendedores ambulantes, y su conversión en un paseo peatonal de inspiración y motivos chinos. Fue una obra urbanística, de diseño, de promoción comercial. Su belleza e importancia es reconocida ahora en las guías turísticas. Una placa de la Asociación Peruano China instalada en un atril, a mitad de la calle, da cuenta de la visita al Perú de Hu Jintao, presidente de la República Popular China, el 19 de noviembre de 2008.
Actualmente el Barrio Chino de Lima es el mayor de Sudamérica. Su corazón o punto de origen, la calle Capón, es uno de los parajes más bellos, exóticos y limeñísimos de la ciudad. El diseño de las losetas de su piso muestra imágenes del horóscopo chino, sus asientos están a la sombra de una pagoda y sus chifas siguen siendo el distintivo del lugar. Un trozo de China en el Perú que se mueve y crece con el empuje de la patria ancestral.
jueves, 22 de julio de 2010
minería e historia
El oro no ha librado al Perú
de su ancestral pobreza
Por Juan Carlos Lázaro
Lima (Xinhua).- El descubrimiento del imperio de los incas por los españoles en 1532 no sólo reveló a Europa una nueva civilización americana, sino también al "país del oro", donde este metal era abundante hasta lo incalculable.
El conquistador Francisco Pizarro y sus soldados tomaron como rehén al inca Atahuallpa en Cajamarca para obligarle a pagar un cuantioso botín de oro por su libertad.
Atahuallpa repletó de oro dos habitaciones hasta la altura donde llegaba su mano levantada, pero Pizarro no cumplió con liberarlo, sino que lo ejecutó cruelmente para luego lanzarse al saqueo general de su imperio.
La ambición por el oro y el ultraje sexual de las mujeres indígenas impulsaron a los soldados españoles en la empresa conquistadora del imperio de los incas, al cual pasaron a llamar "Pirú" al comienzo, y luego "Perú".
En los casi 300 años en que el Perú fue colonia de España, el mar Atlántico vio navegar incesantemente hacia el Viejo Mundo carabelas, goletas y bergantines repletos del oro extraídos de las minas de los andes peruanos.
En esa época en Europa se acuñó la frase "Vale un Perú" para indicar algo muy valioso, en referencia a la abundancia de oro y de otros metales preciosos del país que tuvo como antecedente al legendario imperio de los incas.
Desde entonces, Perú y oro son sinónimos.
Pero esta abundancia de oro no ha librado al Perú de su ancestral pobreza, aunque en los últimos años ha contribuido en forma significativa al crecimiento de su economía.
En círculos intelectuales peruanos se debate a veces una frase que se atribuye al estudioso y explorador italiano Antonio Raimondi: "El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro".
La región Cajamarca, en el norte peruano, se convertirá en los próximos cinco años en el nuevo polo de la inversión en minería aurífera de Latinoamérica, aseguró la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE).
Según la Sociedad, en esa región se ejecutarán varios proyectos mineros, entre ellos el de Minas Conga de la Minera Yanacocha, con una inversión de 2,500 millones de dólares, y el de La Granja, de Río Tinto, con otros 1,000 millones de dólares.
También se incluyen el proyecto de Chaquicocha, con 400 millones de dólares de inversión de la Minera Yanacocha; el de La Zanja con 60 millones de dólares de la Compañía de Minas Buenaventura en sociedad con Newmont, y el de Tantahuatay, con 56 millones que serán invertidos por las empresas Buenaventura y Southern.
La región Cajamarca está a 862 kilómetros al norte de Lima y su territorio, que tiene como columna vertebral la Cordillera de los Andes, se extiende entre la sierra y la amazonía peruanas.
A mediados de abril pasado, el oro se cotizaba en el mercado internacional en 1,130 dólares la onza, marca reconocida como histórica que ha convertido a este preciado metal en un "refugio seguro y estable" frente al deterioro de las monedas fuertes.
En el Perú, según el gremio de los empresarios mineros, por cada dólar que se gana por el mayor precio del oro, el 34 por ciento va para el Estado, 8 por ciento para los trabajadores y la diferencia para la empresa que invirtió en el proyecto.
©Derechos Reservados Agencia de Noticias Xinhua
viernes, 16 de julio de 2010
del Perú, quiere conquistar China
Por Juan Carlos Lázaro
Lima, 15 mar. (Xinhua).- Tras extender su exquisito sabor por diferentes ciudades de Latinoamérica, Estados Unidos, Europa y Japón, el pollo a la brasa llegó a China de la mano del chef peruano Eduardo Vargas y se apresta a conquistar el paladar del país más extenso y poblado del planeta en tan sólo cinco años, según sus planes.
El desafío es enorme tratándose de un país tan extenso y poblado como China, pero Vargas es un hombre de amplia experiencia como empresario gastronómico –que ya ha logrado éxito en ese país– y el pollo a la brasa ha demostrado el poder de su exquisitez más allá de las fronteras peruanas.
Desde su llegada a Shangai en 2002, Vargas ha abierto seis restaurantes de diferentes especialidades, los cuales son testimonio de su aceptación y éxito como empresario y cocinero cuyo principal capital son el arte y la experiencia de la gastronomía peruana, cada vez más difundida en el mundo.
“Brasa Chicken”, instalado desde fines del 2009 en Shangai, mide apenas 77 metros cuadrados, despacha sólo para llevar, y vende un promedio de 100 pollos al día, pero los planes del chef peruano son instalar 10 de estos restaurantes en cinco años y abrir también sus puertas para la atención directa al público.
De hecho, Vargas ha elegido el plato más estratégico de la culinaria peruana por su consumo y demanda masiva, por su aceptación entre todas las clases sociales, y por el ritual de su degustación que devuelve al hombre a los placeres primitivos de utilizar las manos.
Los historiadores de la cocina peruana han precisado que el pollo a la brasa nació en el exclusivo restaurante La granja azul, que se inauguró el 19 de diciembre de 1949 en Chaclacayo, un distrito campestre ubicado al este de Lima, y tuvo como principal promotor a Roger Schuler.
Se cuenta que Schuler determinó la especial cocción que tendría el pollo a la brasa observando la forma en que una de sus cocineras lo preparaba, aunque hay quienes sostienen que lo que hizo fue una adaptación del pollo al spiedo, un plato de origen europeo.
Actualmente, los cocineros peruanos recomiendan para la preparación de este plato contar necesariamente con un pollo hembra joven –por su carne suave y jugosa–, al cual se le arrancan las vísceras, se le adereza y se le cocina al calor de las brasas de un horno que puede ser de carbon, de leña o gas.
Pero el elemento fundamental de su exquisito sabor surge del aderezo –comentan los cocineros peruanos– el cual se prepara con diferentes ingredientes como cerveza negra, romero, huacatay, pimienta, sillao, comino, ají panca, etc., siendo el fundamental la sal. Algunos le añaden hasta pisco, una bebida tradicional del Perú.
El pollo a la brasa se sirve acompañado de papas fritas y de ensalada de lechuga fresca, así como de las salsas de ají amarillo y de cebollita china picada. También se le añade mostaza, mayonesa y ketchup.
En la localidad de Iquitos, en la amazonía peruana, las papas fritas son reemplazadas por el plátano frito o la yuca.
Las especialidades de este plato tienen que ver con su corte: pollo entero, medio pollo y un cuarto de pollo.
El pollo a la brasa sale entero del horno y se le divide en cuatro partes mediante dos cortes: uno longitudinal y otro transversal.
Durante los años 50 del siglo pasado, el pollo a la brasa fue un potaje exclusivo de las altas esferas sociales limeñas, aquellas que sólo podían desplazarse con movilidad propia hasta La granja azul, en Chaclacayo, un restaurante lujoso que además ofrecía a sus clientes un hermoso paisaje campestre.
En La granja azul también se originó el ritual de comer el pollo a la brasa con las manos, como lo hace la gente del campo o “como comen los dioses”.
Franz Ulrich, socio de Schuler, se encargó posteriormente de la fabricación de los hornos especiales (braseros) que se requieren para la preparación de este plato.
Sin embargo, en 1965 Heriberto Ruíz, uno de los empleados de Ulrich, se independizó de éste y pasó a convertirse en el principal fabricante de hornos para la preparación de pollos a la brasa.
A mediados de los años 60 se abrieron algunas pollerías en diferentes distritos de Lima, lo cual hizo al pollo a la brasa la gran novedad de la época, pero fue en la siguiente década cuando su consumo se masificó, alcanzando demandas superiores a las del ceviche y del chifa, los de mayor consumo del país de los incas.
Actualmente los restaurantes de pollo a la brasa prosperan en todos los rincones del Perú, y los hay desde los exclusivos instalados en barrios residenciales y de elegante estética, pasando por los que integran extensas cadenas (con granjas propias), hasta el que se gestiona como un simple negocio individual o familiar.
En algunos distritos de Lima –la capital del Perú– hay entre tres y siete “pollerías” en cada cuadra como sucede en la avenida Venezuela, de Breña, en la avenida Sucre, de Pueblo Libre, o en la avenida Aviación, de San Borja.
El mismo panorama puede observarse en muchas provincias, resaltando entre ellas Chiclayo, Huancayo e Iquitos.
Las cadenas más extendidas de venta de pollos a la brasa son Norky´s y Rocky´s, pero entre los restaurantes mejor acreditados figuran Pardo´s Chicken, La Tranquera y La Caravana.
Una estadística registró que sólo en el año 2007 se vendieron en el Perú más de 371 millones de pollos a la brasa, lo que representó una venta de aproximadamente 100 millones de dólares.
La internacionalización del pollo a la brasa se inició durante la última década del siglo XX, cuando aparecieron restaurantes de pollo a la brasa en Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador, así como también en Nueva York, San Francisco, Canadá, España y Japón.
De otro lado, mediante el sistema de franquicias se han establecido pollerías con las marcas peruanas de Pardo´s Chicken en Santiago de Chile (2003) y en Miami (2008), y con la marca de La Caravana, en Los Ángeles (Estados Unidos), entre otras. (JCL).
(Derechos reservados Agencia de Noticias Xinhua)
del Perú, se exporta al mundo
Por Juan Carlos Lázaro
Lima (Xinhua) .– Chicha es la denominación peyorativa impuesta a un ritmo de música popular peruana que, no obstante sus orígenes marginales, ha ganado amplios mercados en América Latina, Estados Unidos e inclusive Asia.
Entre gran parte de la juventud de América Latina, la chicha goza de más preferencias que el rock y la cumbia. Las radioemisoras y canales de televisión le dedican sus espacios estelares. Y sus intérpretes son elevados al altar de la leyenda.
De carácter netamente mestizo, las primeras expresiones de música chicha surgieron en el Perú a mediados de los años 60 de la fusion de la cumbia colombiana o de la guaracha con los ritmos andinos primero y luego con los amazónicos.
Amaro La Rosa, estudioso del fenómeno de la música chicha, sostiene que esta denominación no está ligada –como suele suponerse– al nombre de la ancestral bebida de maíz fermentado que se usaba con carácter ceremonial durante el incanato.
Sugiere, en cambio, que la denominación surgió por la canción “La chichera” –que sería el primer tema de este género– grabada en 1967 por el grupo Los Demonios del Corocochay, que se caracterizaba precisamente por interpretar cumbias con tonalidades andinas.
Otros estudiosos apuntan que la música chicha fue obra de Enrique Delgado, músico con formación académica, quien en el mismo año de 1967, con su grupo Los Destellos, graba un disco de 45 rpm. con los temas “El avispón” y “La ardillita”.
Uno y otro tema fueron popularizados internacionalmente con gran éxito por el arpista Hugo Blanco, consangrándose así el nuevo género.
Por esta época también ingresará a escena la agrupación Juaneco y su Combo, de la amazónica provincia de Pucallpa, a cuyas interpretaciones de cumbia mezclará los ritmos amazónicos y brasileños, generando así la segunda gran vertiente de la música chicha.
Socialmente el origen de este ritmo está vinculado al intenso proceso de migración interna que experimentó el Perú de los años 60 y 70, el cual desplazó inmensas masas de habitantes de provincias hacia Lima, la capital del Perú.
En esa época la cumbia colombiana estaba de moda en diferentes países de América Latina.
Los migrantes de provincia, principalmente del ande, en su afán por incorporarse y asumir la cultura occidentalizada o criolla de la capital peruana se abocaron a cultivar la cumbia y otros ritmos tropicales pero sin renunciar a sus propias raíces musicales andinas.
Así fue cobrando forma el nuevo ritmo, bautizado despectivamente como “chicha” por los sectores criollos de la capital, siempre desdeñosos de lo provinciano y más identificados con lo foráneo, sobre todo si es de color blanco.
La música chicha, por lo demás, es la expresión más difundida de un fenómeno mayor y más complejo que sociólogos como Aníbal Quijano han denominado “cholificación”, es decir, el proceso de mestizaje cultural que tiene como principal componente lo andino.
Durante los años 60 y 70, sobre todo en esta última década, Lima fue prácticamente invadida por los migrantes provincianos, quienes llegaban a la capital impulsados por dos motivos fundamentales: seguir estudios superiores o trabajar en la ciudad.
Al comienzo la migración de provincias fue auspiciada por el gobierno del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), el cual inclusive ensayó la creación de una comunidad autogestionaria, como Villa El Salvador, al sur de Lima, que no prosperó.
En 1973 los migrantes de provincias asentados en la capital constituían el 45,8 % de su población total de tres millones 302,523 personas.
Pero ante el bloqueo de los canales de la formalidad política y económica, estos migrantes fueron empujados a vivir en las márgenes de la ciudad y a crear sus propias fuentes de producción y trabajo, las cuales en gran medida se desarrollaron en las calles de Lima.
Este proceso de incorporación de lo andino a la experiencia citadina y cosmopolita de la capital dio curso a un complejo mestizaje cultural, del cual forma parte la música chicha, llamada también “música tropical andina”, “cumbia peruana” o “tecnocumbia”.
Desde entonces, lo marginal, lo informal y lo provinciano es identificado en Lima y en el resto del Perú como “cultura chicha”, expresión de inconfundible resonancia peyorativa y que ha dado lugar a extensos e intensos debates entre los intelectuales peruanos.
En la vision de Mario Vargas Llosa, autor de “La ciudad y los perros”, el Perú de la cultura chicha “hierve de vitalidad y gracias a su energía y voluntad de sobrevivir el país no se ha desintegrado con los desastres económicos y políticos de las últimas décadas”.
Para otros, la cultura chicha –que rechaza abiertamente a todas las instituciones del Perú formal por ineficientes y corruptas–, “ha creado una base de sustentación social muy extendida para la anomia o el cinismo moral” que “alienta el autoritarismo”.
En este mismo sentido, pero refiriéndose al campo de la música, el antropólogo Rodrigo Montoya opina que “del encuentro entre lo andino quechua y lo moderno a través de la chicha, la cultura quechua se empobrece porque sencillamente pierde mucho más de lo que gana”.
“Pierde el quechua y la poesía que se deriva del dominio de esa lengua, pierde el valor de la comunidad y el principio de reciprocidad que aquella encierra”, manifiesta.
Desde el polo opuesto, el antropólogo José Matos Mar replica lo que considera “el punto de vista del indigenismo purista” y, en cambio, considera que “es indudable que la música chicha expresa un nuevo patron cultural en ascenso”.
“Su presencia y avance –dice– constituyen una muestra notable del peso que han llegado a tener los migrantes y la cultura que portan en la decision de la dinámica viva de la cultura metropolitana y en la formación de una conciencia nacional unitaria”.
Ex presidiario que antes de dedicarse a la música ejerció de zapatero, Lorenzo Palacios Quispe, más conocido por el sobrenombre de Chacalón, es el ídolo más emblemático de la música chicha y de quien se decía que “los cerros bajan cuando canta”.
Con su grupo La Nueva Crema, en los años 80 popularizó su canción “El provinciano” que se convirtió en el himno de los jóvenes migrantes andinos en Lima. En 1987 la Unesco lo premió por su tema “Niños pobres”.
Los conciertos multitudinarios de Chacalón generaron el formato de los “chichódromos”, espacios de interpretación y baile de la música chicha, que a la vez son mercados altamente rentables para la venta de cerveza y, lamentablemente, también para las drogas.
Se calcula que unas 60 mil personas, principalmente migrantes andinos, concurrieron a los funerales de Chacalón en 1994.
Con el nuevo siglo apareció en las pantallas de los televisores peruanos el programa de música chicha “La movida de los sábados”, conducido por Janet Barboza, que por mucho tiempo fue imbatible en sintonía y dio curso a otros programas del mismo género.
En la radio, igualmente, los programas de música chicha lideran la sintonía, inclusive en frecuencia modulada (FM), que antes les cerraba las puertas como si fueran la peste.
En este nuevo siglo también se ha impuesto con enorme popularidad la tercera vertiente de la música chicha, llamada a la vez chicha costeña o tecnocumbia, en la que destacan conjuntos como Aguamarina y el Grupo Cinco. La historia de esta última fue llevada a la televisión.
La chicha se ha expandido por diferentes países de América Latina y los Estados Unidos, pero es en la provincia argentina de Jujuy donde ha generado un movimiento musical muy fuerte que mueve medios de comunicación y empresas de espectáculos.
Ultimas noticias indican que el ritmo también ha llegado a los países europeos y asiáticos y que en Japón brilla el grupo Fantasía Latina. (Fin).


